Columna de Opinión de César Malato.
MILEI: TERRORISMO Y SEGURIDAD INTERIOR PARA TODOS
El trapo de los pibes de la Selección, aquel que decía “Las Malvinas son Argentinas”, en medio de un proceso de negación de nuestra soberanía y de desmalvinización, con Milei rindiendo pleitesía al FMI, a Donald Trump y a Benjamín Netanyahu, abrió los ojos de muchos y muchas que todavía le prendían velas a un Presidente cada vez más desencajado y más alejado de la realidad que le toca gobernar.
Milei es un Presidente acostumbrado a no discutir: a panellearla, a gritar, a descalificar y a intentar acallar cualquier disidencia. Su visión del país y del mundo atrasa cincuenta años. Y esta semana volvió a recurrir a una vieja receta que nosotros venimos señalando desde hace tiempo: la construcción del enemigo interno.
Asistimos a una nueva versión del Plan Cóndor para estos tiempos.
Repiten los discursos de la Guerra Fría y las doctrinas del Pentágono, de la CIA y del Comando Sur de los Estados Unidos, con el Secretario de Estado Marco Rubio a la cabeza. Todo aquel que disiente comienza a ser presentado como enemigo. Y ahora Javier Milei da un paso más: pretende instalar que quienes no compartimos sus políticas somos terroristas infiltrados.
Pero esto no ocurre por casualidad.
Ocurre cuando un gobierno empieza a perder consenso social. Cuando el ajuste, la desocupación, el cierre de fábricas y pymes, la depresión del mercado interno y la pérdida del poder adquisitivo dejan de ser promesas y se convierten en la vida cotidiana de millones.
Jubilados, personas con discapacidad, docentes, enfermeros, médicos, trabajadores, estudiantes, niños y niñas padecen las consecuencias de un modelo que concentra riqueza y multiplica exclusión.
Y cuando el consenso se pierde, aparece la fuerza.
Lo dijimos y lo repetimos: las democracias latinoamericanas están bajo ataque. Son atacadas mediante doctrinas de seguridad que privilegian la represión sobre la participación democrática y pretenden disciplinar a la sociedad a través del miedo.
Mientras intentan instalar que todo opositor es un terrorista, también buscan modificar el debate público. Gatopardear para que nada cambie en lo esencial.
Retiran un capítulo de la Ley de Tierras, pero mantienen intacto el objetivo de fondo: abrir las tranqueras para facilitar la apropiación de nuestros recursos por intereses extranjeros.
Hablamos de nuestras tierras, de nuestras aguas dulces, nuestros lagos, nuestra minería, nuestro petróleo y nuestros bienes estratégicos.
No hay nada novedoso en este proyecto político. Las recetas son las mismas de siempre: achicar el Estado, suspender paritarias, flexibilizar el trabajo, quitar derechos, manipular variables financieras y abandonar toda política destinada a ampliar oportunidades para quienes viven de su trabajo.
Lo nuevo son los gritos, las formas extravagantes y los raros peinados nuevos.
Milei se autopercibe “líder de la civilización” y rockero, en un verdadero oxímoron entre el rock y la rebeldía. Porque difícilmente haya algo más alejado de la rebeldía que convertirse en el exponente del servilismo frente al saqueo neocolonial.
Y mientras tanto, nuestra juventud sobrevive con changas, precarización y enormes dificultades para estudiar. Generaciones enteras son condenadas a la incertidumbre.
También está la represión.
Lo vimos nuevamente frente al Congreso de la Nación, con la Policía Federal, la Gendarmería y la Policía de la Ciudad protagonizando una verdadera cacería contra manifestantes.
La protesta social vuelve a ser tratada como delito.
Ya no alcanza con vulnerar derechos laborales y sociales. Se avanza sobre las garantías constitucionales y se instala, de hecho, un estado de excepción sin declararlo formalmente.
En Santa Fe vemos la misma lógica. La llamada “cárcel del infierno”, la consigna “el miedo cambió de lado”, la exaltación del castigo y de la violencia institucional forman parte de una misma construcción política: pretender resolver problemas complejos exclusivamente mediante la represión.
Y allí están los votos en el Congreso Nacional para aprobar leyes de exclusión o bloquear iniciativas destinadas a proteger derechos, como ocurrió con la Ley de Financiamiento Universitario.
Javier Milei, Patricia Bullrich, Federico Sturzenegger, Mauricio Macri, Luis Caputo y Maximiliano Pullaro representan un espacio político cada vez más identificado con las élites económicas, con las grandes corporaciones y con las recetas del Fondo Monetario Internacional.
Un Fondo que vuelve a condicionar el futuro de varias generaciones de argentinos a través de una deuda externa que no deja de pesar sobre nuestras espaldas.
A casi tres años de gobierno, gobiernan cada vez con menos disimulo para los ricos y los millonarios.
Están lejos del pueblo trabajador. Lejos de los estudiantes, de los jubilados, de los docentes, de los enfermeros, de los médicos, de los científicos, de los niños y niñas y de las personas con discapacidad.
La discusión de fondo ya no es solamente económica.
Es política. Es democrática. Es cultural.
Tenemos que decidir si aceptamos una sociedad organizada sobre el miedo, la exclusión y la concentración de la riqueza, o si defendemos una democracia donde el disenso no sea criminalizado, donde los derechos no sean privilegios y donde el Estado vuelva a estar al servicio de las grandes mayorías.
Porque cuando un gobierno necesita llamar terroristas a quienes piensan distinto para sostener su proyecto político, el verdadero problema ya no está en la sociedad. Está en el gobierno.
Y solo, solo sostendrá nuestra argentinidad, nuestro sentimiento malvinero, nuestra pasión por la equidad y la justicia social, el fuego y la pasión por nuestro país que nace, una y otra vez, de las luchas de nuestros pueblos.














