Por César Malato.
El modelo Milei-Pullaro está azotando a nuestra provincia y condenándola a una realidad cada vez más dramática. Miles y miles de santafesinos que hasta hace apenas dos años tenían un trabajo, un salario y la tranquilidad de poder sostener a sus familias, hoy ya no lo tienen. Integran el creciente ejército de trabajadores desocupados o precarizados que, desesperadamente, ponen el cuerpo y los pocos recursos que les quedan para sobrevivir. Ponen sus autos, sus motos, sus herramientas, sus cocinas, sus casas y hasta sus últimos ahorros para producir algo o prestar un servicio que les permita subsistir en la Argentina del anarcoliberalismo de extrema derecha de Javier Milei y de su expresión política en Santa Fe: Maximiliano Pullaro.
Porque este modelo tiene apenas dos cosas para ofrecer.
La primera es una economía basada en el extractivismo intensivo, diseñada para beneficiar a las grandes empresas, a los grupos económicos concentrados y a quienes históricamente siempre ganan. Un modelo que asocia a dirigentes políticos, empresarios, funcionarios y sectores del Poder Judicial con intereses extranjeros antes que con los intereses del pueblo argentino.
Como advertía Arturo Jauretche, vuelven a entregar al mejor postor nuestras riquezas, nuestro territorio y nuestros recursos estratégicos. Y ese mejor postor hoy tiene nombre: Estados Unidos, Israel y los grandes intereses internacionales que vienen por el litio, por el agua dulce, por el petróleo, por nuestros cielos, por los hielos continentales y por todo aquello que constituye el patrimonio estratégico de la Nación.
Pero el segundo brazo de este modelo es la represión.
Hace muchos años alguien dijo que estos modelos económicos nunca cierran si no es mediante la represión de quienes se atreven a enfrentarlos. La historia vuelve a demostrarlo. Allí están los trabajadores de la Comisión Nacional de Energía Atómica, intervenidos por las fuerzas de seguridad, despedidos y disciplinados. También la ciencia quieren entregarla como un recurso estratégico al mejor postor. También el conocimiento nacional pretenden ponerlo al servicio de intereses extranjeros.
Mientras tanto, los trabajadores que se organizan, los que protestan y los que todavía se animan a levantar la voz encuentran cada vez menos herramientas para defenderse. Las organizaciones sindicales aparecen debilitadas, la protesta social fragmentada y el mensaje del poder resulta inequívoco: quien reclame irá preso, será perseguido judicialmente o perderá hasta la posibilidad de seguir trabajando como cuentapropista.
Por eso sostengo que el modelo de Milei y Pullaro puede resumirse en apenas dos palabras: desocupación y represión.
Rosario, San Nicolás y todo el sur industrial santafesino, históricamente la región más desarrollada desde el punto de vista productivo, encabezan hoy algunos de los peores indicadores de desocupación del país. A la par crecen la pobreza infantil, el trabajo precarizado, el endeudamiento de los menores de cuarenta años y la desesperanza de una juventud que ya no encuentra horizontes.
¿Y qué ofrece Pullaro frente a semejante realidad?
Más sometimiento al Gobierno nacional.
Desde que Javier Milei llegó a la Presidencia, los diputados y senadores nacionales que responden políticamente al gobernador santafesino acompañaron prácticamente todas las leyes impulsadas por el oficialismo. Acompañaron un modelo económico que destruye empleo, expulsa mano de obra y concentra la riqueza en muy pocas manos.
Y ofrecen cárceles.
Se muestran orgullosos de inaugurar lo que ellos mismos bautizaron como “El Infierno”, como si la crueldad pudiera convertirse en política pública.
Pero eso no representa ningún éxito.
Representa el fracaso de una política de seguridad incapaz de resolver las causas profundas de la violencia porque no genera trabajo, no genera inclusión, no genera educación ni oportunidades.
Vale la pena detenerse un instante en los números.
La cárcel “El Infierno”, construida en Piñero, demandará una inversión superior a los 143.000 millones de pesos, alrededor de 100 millones de dólares, para alojar apenas 1.152 internos de alto perfil. Más de 124 millones de pesos por cada plaza penitenciaria.
Mientras faltan escuelas, hospitales, viviendas y políticas de desarrollo, el Gobierno provincial convierte una cárcel en el emblema de su gestión.
El verdadero fracaso no es el del pueblo argentino.
El fracaso es el de las clases dirigentes que impulsaron el neoliberalismo durante décadas y hoy vuelven a descargar el peso de la crisis sobre quienes viven de su trabajo.
Porque el mileísmo y el pullarismo siempre ofrecen exactamente lo mismo: ajuste sobre los trabajadores, ajuste sobre la educación pública, ajuste sobre la salud pública, ajuste sobre los jubilados y jubiladas, ajuste sobre los medicamentos y cero oportunidades para los jóvenes que necesitan estudiar, trabajar y construir un proyecto de vida. Les niegan el futuro, pero les ofrecen palos, causas judiciales y cárcel.
Pero además hicieron algo todavía más grave.
Durante décadas degradaron deliberadamente la política. Desprestigiaron a los dirigentes, desacreditaron la militancia y convencieron a millones de argentinos de que la política no sirve para nada. Lograron instalar la idea de que todos son iguales y que lo mejor es no involucrarse.
Sin embargo, esa es una de las mayores trampas culturales que construyeron.
Porque el único escudo que tiene nuestro pueblo para defenderse sigue siendo la política.
No lo van a defender los megaempresarios. No lo van a defender las corporaciones. No lo van a defender los intereses de Estados Unidos ni los de Israel. No lo van a defender los grandes grupos concentrados del agronegocio ni las empresas que vienen por nuestro petróleo, nuestro litio, nuestra agua o nuestros recursos estratégicos. Mucho menos lo harán los gobiernos de derecha que ajustan, reprimen y condenan a millones de argentinos a vivir con menos derechos.
Si queremos recuperar el trabajo, mejorar los salarios, fortalecer la salud pública, defender la educación pública, reactivar el comercio, impulsar la industria nacional y volver a poner de pie a quienes producen, eso solamente puede hacerse desde la política.
Con audacia.
Convocando nuevos actores.
Ampliando las mayorías.
Construyendo una nueva esperanza.
Porque la salida nunca será individual.
Siempre será política.
Quiero terminar con dos reflexiones.
La primera tiene que ver con Manuel Adorni. No merece mayor trascendencia. Es apenas el botón de muestra de un sistema decadente que, por donde se lo apriete, larga pus porque está podrido por dentro. Es el mismo sistema que gobernó durante la dictadura cívico-militar, que volvió durante el macrismo y que hoy gobierna con Javier Milei. También es cierto que quienes gobernamos con otras banderas muchas veces no logramos torcer definitivamente el brazo del poder económico para ponerlo al servicio de los intereses nacionales y de los trabajadores.
La segunda reflexión está dirigida al campo nacional y popular, especialmente al peronismo.
Basta de internas.
Basta de convertir las diferencias personales en una ruleta rusa permanente.
Cristina Fernández de Kirchner, Axel Kicillof, Máximo Kirchner y toda la dirigencia que hoy tiene responsabilidades de conducción deben comprender la magnitud del momento histórico. No pueden seguir frustrando a la militancia ni alejando al pueblo de la política.
Cada interna permanente degrada la militancia.
Cada interna permanente degrada la política.
Y cada interna permanente termina entregando nuevamente al pueblo argentino en el altar de estos modelos rapaces y salvajes que dicen combatir.
Todavía estamos a tiempo.
Necesitamos más política.
Pero más política de verdad.
Más política honesta.
Más política al servicio del pueblo.
Más política para reconstruir un proyecto nacional basado en la soberanía política, la independencia económica y la justicia social.
Menos internas.
Más unidad.
Porque todavía podemos lograrlo.














