Por: Gus Reimon
Hoy el calendario marca 49 años. Mañana será medio siglo, pero el tiempo, ese juez implacable que suele desgastar los recuerdos, parece no tener jurisdicción sobre la figura de Rodolfo Walsh. Estamos en marzo de 2026 y su nombre sigue siendo, más que un bronce, una brújula.
Un día como hoy, pero de 1977, el país era un territorio de sombras. Walsh, con la lucidez de quien ya se sabe perseguido, terminó de echar al correo su Carta Abierta a la Junta Militar. No era un panfleto; era un diagnóstico quirúrgico. Denunció la miseria planificada, los cuerpos en los baldíos y el silencio impuesto. Sabía que al hacerlo estaba rompiendo el último cristal que lo separaba de la muerte.
Aquel mediodía en la esquina de San Juan y Entre Ríos, cuando el grupo de tareas de la ESMA intentó capturarlo, Walsh eligió su última resistencia. No se dejó llevar vivo. Se fue con su pluma y su dignidad intactas, dejándonos una herencia que todavía nos quema en las manos a quienes pretendemos ejercer este oficio.

¿Qué significa Walsh hoy?
En este 2026, donde la información corre a velocidades de vértigo y la verdad a veces se diluye en algoritmos, releer a Walsh es un acto de higiene mental.
El rigor como arma: Nos enseñó que para denunciar hay que investigar hasta el hueso. Operación Masacre no nació de un rumor, sino de una frase en un bar: “Hay un fusilado que vive”.
La ética de la palabra: No concebía el periodismo como un espectáculo, sino como un servicio. Su frase “el periodismo es libre, o es una farsa” resuena hoy con más fuerza que nunca frente a los nuevos poderes.
El testimonio en tiempos difíciles: Su compromiso no fue con una empresa, sino con una realidad que le dolía.
Caminar hoy por la estación de subte que lleva su nombre o pasar por la esquina donde cayó, no debería ser solo un ejercicio de nostalgia. Debería ser un recordatorio de que la palabra tiene consecuencias. Walsh no fue un espectador de su época; fue su cronista más valiente.
A un año del cincuentenario de su desaparición, su ausencia sigue siendo una presencia constante. Porque mientras haya alguien que se atreva a “romper el aislamiento” y a “sentir la satisfacción moral de un acto de libertad”, Rodolfo Walsh seguirá enviando sus copias, esperando que nosotros, sus lectores, sepamos qué hacer con ellas.














