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Cristina Chorra

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23 febrero, 2026
in General, Notas
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Cristina Chorra
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Por:
Mariano Quiroga

“Cristina chorra” no es una opinión. Es una estrategia. No es una expresión individual, espontánea, popular. Es una operación sistemática, estudiada, financiada y viralizada a través de laboratorios de guerra cultural. Es una marca. Un dispositivo de poder que sintetiza odio, deslegitimación e imposibilidad de pensar.

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Frank Luntz, asesor del Partido Republicano y pionero del framing político, lo explicó sin rodeos: “No importa lo que digas, importa lo que la gente escucha.” Su trabajo consistía en testear qué palabras provocaban miedo, bronca, empatía o rechazo. Así nacieron términos como “impuesto a la muerte” (por impuesto a la herencia), o “clima cambiante” (en vez de cambio climático). Palabras diseñadas para modificar el marco mental desde el cual se interpreta la realidad. ¿Qué hizo la derecha argentina con esto? Lo aprendió y lo aplicó.

“Cristina chorra” no es un insulto. Es un marco. Un framing que encapsula tres operaciones discursivas: 1) la acusación moral, 2) la despolitización y 3) la simplificación emocional. Es breve, sonora, viral. Se instala no porque sea verdadera, sino porque es repetible y genera reacción. Lo mismo ocurre con otras “granadas lingüísticas” como “ñoquis”, “planeros”, “zurdos”, “la casta”. Palabras que no explican nada, pero destruyen todo.
Esta técnica no es nueva. Joseph Goebbels, ministro de propaganda nazi, ya advertía que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad. La novedad hoy es la escala algorítmica con la que se propaga. Facebook, Instagram, TikTok, X (ex Twitter), YouTube: todas están diseñadas para amplificar lo que genera reacción emocional inmediata. Y nada provoca más que el odio.

Un estudio de Science (MIT, 2018) mostró que las fake news se difunden un 70% más rápido que las noticias verdaderas, y llegan a más personas. ¿Por qué? Porque las mentiras apelan al miedo, la indignación, la sorpresa.

Steve Bannon, estratega de Trump, lo llevó al extremo con su teoría de “flood the zone with shit”: inundar el espacio público de contenido tóxico para que la verdad no tenga lugar. Crear tanto ruido emocional que el adversario no pueda responder sin quedar atrapado en tu propio marco. Si te dicen “chorra” y vos respondés “no soy chorra”, ya perdiste. Validaste el eje de discusión. Te defendés en su cancha.

Jaime Durán Barba perfeccionó esta estrategia para América Latina. Él no cree en la política como espacio racional de ideas, sino como espectáculo de emociones. Sostiene que la gente vota “lo que siente”, no lo que piensa. Por eso impuso una comunicación basada en slogans como “sí, se puede” o “el cambio”, sin contenido, pero con efecto emocional. Su tesis es clara: no se gana convenciendo, se gana emocionando.

La Libertad Avanza entendió esto como nadie. No es un partido. Es una tribu digital. Una comunidad emocional que necesita enemigos para existir. Sus redes no explican, etiquetan. No dialogan, gritan. No debaten, viralizan. No importan los datos, importa el impacto. En este ecosistema, los adversarios son caricaturizados, ridiculizados, convertidos en memes. La complejidad se transforma en meme. La política en burla. El Estado en estafa. Lo común en amenaza.

Los algoritmos ayudan. YouTube prioriza contenido conspirativo; TikTok favorece la repetición emocional; Facebook premia el conflicto; Twitter convierte cada trending topic en una trinchera. Todo está diseñado para que se vea más lo que divide que lo que construye. El resultado: cámaras de eco, burbujas de opinión, radicalización. Un país donde no se discute ideas, se disparan etiquetas.

Y todo esto ocurre bajo una apariencia de espontaneidad. Pero no lo es. Es astroturfing: campañas digitales organizadas que simulan ser “la voz del pueblo”. Detrás de cuentas anónimas hay redes coordinadas, influencers pagos, microinfluencers que propagan marcos narrativos sin que parezca campaña. Se entrenan palabras, se bajan líneas, se activan bots. Nada es casual.

El caso “Cristina chorra” es paradigmático: una etiqueta diseñada para destruir una figura política, no solo electoralmente, sino moralmente. No busca argumentar, busca imposibilitar toda otra lectura. Te hace sentir que no importa lo que hizo, algo raro hay. Te instala la duda como sentido común. Como diría Pierre Bourdieu, convierte una construcción discursiva en percepción obvia.

Entonces, ¿cómo se responde? ¿Qué hacemos frente a una maquinaria que no busca debatir, sino imponer sentido?
Primero, dejar de responder en el marco del adversario. No decir “Cristina no es chorra”. Decir “Cristina es la que garantizó que mi abuela se opere gratis”. Desmarcarse. Reencuadrar. Cambiar el eje.
Segundo, construir nuestro propio lenguaje. Crear palabras propias: “Patria tecnológica”, “Argentina humana”, “trabajo soberano”. Contar historias. Humanizar. Emocionar también. Porque si la derecha gana con emociones, no la vamos a derrotar solo con estadísticas.
Tercero, formar militancia digital. No alcanza con tener razón. Hay que saber comunicarla. Disputar el algoritmo. Pensar piezas, contenidos, relatos que emocionen y convenzan. Que no solo reaccionen, sino propongan.
Y por último, comprender que esto no es solo comunicación. Es una disputa por el sentido común. Por lo que se puede decir, imaginar, desear. La etiqueta “Cristina chorra” es solo la punta del iceberg de un modelo que quiere que odiemos la política, que rechacemos lo público, que desconfiemos del otro.

Por eso no se trata solo de defender a Cristina. Se trata de defender la posibilidad misma de pensar distinto. De tener memoria, justicia, futuro. Se trata de recuperar las palabras. Y con ellas, la dignidad de nombrar nuestro país con esperanza y no con odio.

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