A 256 años de su nacimiento, el creador de la bandera sigue siendo un espejo incómodo para la dirigencia. Su modelo de país –soberano, productivo y con justicia social– no encuentra correlato en la política actual. ¿Quién encarna hoy su legado?
Un día como hoy, en 1770, nacía Manuel Belgrano. La historia oficial lo redujo a una imagen escolar: el creador de la bandera, el prócer sereno, el hombre del bronce. Pero Belgrano fue mucho más que eso. Fue un revolucionario incómodo. Un pensador adelantado a su tiempo. Un dirigente que entendió que la independencia no era solo política: debía ser también económica, social y cultural.
Formado en Europa, absorbió las ideas de la Ilustración, pero no volvió para copiar modelos. Volvió para pensar un país propio. Defendió la industria nacional cuando el poder miraba afuera, impulsó la educación pública como herramienta de igualdad, promovió el trabajo de las mujeres cuando ni siquiera existía la palabra “derechos” y condujo ejércitos en la guerra de la Independencia. Murió en 1820, en la pobreza, mientras la dirigencia se disputaba cargos y facciones.
Hoy lo invocan todos. Pero pocos se animan a gobernar como él pensaba.

La pregunta del Bicentenario
Si Belgrano viviera en la Argentina de 2026, ¿a quién se parecería? La respuesta no es un nombre propio, sino un perfil de dirigente y un modelo de país que hoy aparece fragmentado en el tablero político. Belgrano sería una síntesis de actitudes y valores que no encajan en ninguna lista sábana. Sería, como en su tiempo, un revolucionario incómodo para todos los bandos.
En lo económico, Belgrano sería un desarrollista industrial con conciencia federal. No un liberal clásico que cree que el mercado lo resuelve todo, pero tampoco un estatista dogmático. Sería un economista heterodoxo, con los pies en la tierra, impulsando el valor agregado en las economías regionales –el Norte, Cuyo, el Litoral– con la misma pasión con la que promovió la producción de lana y cañamazo en su época. Estaría en las antípodas del “sinceramiento” que cierra fábricas, pero también cuestionaría la burocracia que ahoga al que produce. Hoy podría asemejarse a un mix entre Aldo Ferrer –el pensamiento del desarrollo con equilibrio territorial– y un empresario pyme del interior que exige reglas claras para competir.
En lo social, sería un constructor de ciudadanía, no un militante de la grieta. Creía en la educación pública como herramienta de igualdad, pero sin adoctrinamiento. Creía en la inclusión de la mujer desde la acción concreta –impulsó escuelas de oficios para ellas–, no desde la disputa simbólica. Hoy sería un dirigente obsesionado con la calidad educativa. Alguien que denuncia que la escuela pública se haya convertido en un lugar de contención social pero no de movilidad social ascendente. Estaría más cerca de Andrés Oppenheimer –en su obsesión por la educación como motor de desarrollo– que de cualquier dirigente corporativo que use la educación como rehén.
En lo político, Belgrano sería un estadista en un mundo de facciones. Odió las disputas estériles. En 1814, estando en la máxima pobreza, le escribió a San Martín: “No hay América, no hay Patria para nosotros; todo se lo llevan los facciosos”. Murió solo, en la pobreza, mientras Buenos Aires se desangraba en la anarquía del Año XX. Hoy sería un político que rehúye las fotos y los abrazos de campaña. Le importaría más el largo plazo que la próxima elección. No tendría “mesa chica” de operadores, sino un equipo técnico-político. Le resultarían incomprensibles las batallas culturales por tuits. Estaría más cerca de la imagen de Raúl Alfonsín –en la coherencia republicana– que de los liderazgos actuales, aunque con una visión económica mucho más productivista.
En lo simbólico, sería alguien que incomoda al poder real, tanto económico como mediático. Belgrano se enfrentó a los monopolios comerciales de su época, los que querían seguir importando todo de Inglaterra. Hoy se enfrentaría a los formadores de precios, a la especulación financiera y a los medios hegemónicos que imponen agenda. Sería una figura que no está en el radar de los poderosos para ser alabado, sino para ser ninguneado o directamente invisibilizado. No tendría un canal de televisión ni un ejército de trolls. Su herramienta sería la pedagogía pública: explicar una y otra vez por qué la Argentina no puede vivir de especular, sino de producir.
En lo personal, Belgrano sería un hombre íntegro en un mundo de living y off-shore. Murió pobre. Donó su sueldo y sus premios para hacer escuelas. Hoy sería el político que vive como vive el común de la gente. No tendría plazos fijos en el exterior, ni propiedades en Miami, ni causas judiciales por enriquecimiento. Sería la excepción que confirma la regla. La persona incómoda para sus propios compañeros de ruta, porque su austeridad pondría en evidencia los privilegios de la casta.
La enseñanza vigente
A 256 años de su nacimiento, la figura de Manuel Belgrano interpela más que nunca. No fue un héroe cómodo. Fue un dirigente que incomodó intereses. Y quizá por eso sigue siendo actual.
Hoy, en la Argentina de la grieta, la especulación financiera y el ajuste, Belgrano sería aquel que nos recuerda que la patria no se construye con discursos, sino con trabajo, industria y escuelas. Sería, como en su tiempo, un espejo incómodo para la dirigencia. Porque gobernar como Belgrano implica apostar a la industria nacional, fortalecer la educación pública, priorizar el desarrollo con inclusión por sobre la especulación financiera y entender que la Patria no es un slogan.
La Patria no se declama. Se construye.
Y él, hace 256 años, ya nos había dejado los planos














