Por Nano Betancour
Reformas, poca historia, 42 senadores que votaron en contra de los principios que los llevaron —o no— a ocupar sus bancas. Un pueblo cada vez más fragmentado por la desilusión, aunque el pueblo en su conjunto es la Confederación General del Trabajo.
En la ciudad de la furia se vivió otro episodio de una versión más humana de Black Mirror. En medio de la distracción cultural, donde los Therians lograron opacar la televisión y la opinión pública, senadores y miembros del gobierno sentaron, en simultáneo, las bases de un cambio en la realidad de las y los trabajadores argentinos. El día de ayer, miércoles 11 de febrero, a las 11:10, se dio inicio a un nuevo capítulo que avanza incluso sobre sus propios votantes. Impulsado por la desesperación ante un cambio de paradigma y la promesa de cobrar en dólares, el gobierno elegido por la clase precarizada de nuestra nación ejecutó el plan sistemático de la oligarquía argentina, ahora también en consonancia con intereses norteamericanos.
Salarios dinámicos, jornadas más extensas, pagos en especie como en la era feudal y un sinfín de ambigüedades acordes a una supuesta “relación natural” entre empleado y empleador, según afirmó un senador. Nuestra historia nacional está marcada por miles de luchas por la dignidad y la vida de quienes trabajan, procesos que solo pudieron avanzar mediante la unidad y la conquista de derechos. Sin embargo, lo ocurrido ayer representa un hecho inimaginable dentro de nuestra democracia.
La llamada modernización laboral, impulsada por el gobierno libertario, constituye una forma de claudicación de la autonomía personal, precarizando aún más la continuidad laboral, que ahora pende de un hilo, agravada por un período de prueba extendido a un año. Resulta impensable que en Argentina, pionera en América en la defensa del trabajo y su dignidad, se discuta a puertas cerradas y con un Congreso vallado un atropello a la verdadera libertad del pueblo. Este atropello se vincula con una visión autoritaria, reflejada en la negación sistemática de una agenda que contemple los derechos de la población.
La revolución industrial de 1848 llevó a los trabajadores a reconocerse merecedores de su condición por el simple hecho de existir y pertenecer a una clase social. Bajo las ideas iluministas de libertad, igualdad y fraternidad, comenzaron a reclamar. Mientras tanto, sus empleadores, junto con los gobiernos de turno, ofrecían distracciones para asegurar la continuidad del orden: prostitución, alcohol y el refugio en la fe como escape de la realidad material. Hoy surge la pregunta inevitable: ¿cuáles serán los mecanismos actuales para contener el hambre, el cansancio y el desgaste físico y mental?
En la lógica libertaria se evidencia un discurso deshumanizante de la libertad individual. ¿Dónde queda la meritocracia que tanto se proclama? Es evidente que los sectores privilegiados redactan las normas que los benefician, mientras la realidad cotidiana de quienes trabajan se deteriora. Las influencias de este modelo remiten directamente a la dictadura militar, particularmente a la doctrina económica implementada por Martínez de Hoz, basada en la subordinación y la entrega.
En junio se llevará adelante esta modernización laboral, que en esencia representa un retroceso hacia formas propias de la época feudal. A esto se suman empresas nacionales que cierran o se retiran, y una economía sostenida artificialmente por endeudamiento externo. Surge entonces una inquietud inevitable: ¿cuál es el verdadero grado de autonomía nacional frente a estas dependencias?
En los próximos meses, las decisiones de los gremios deberán ser firmes y organizadas. Aunque se desconozcan los detalles de las discusiones en las cúpulas sindicales, el verdadero debate se dará en fábricas, pymes, cooperativas e instituciones.
Dentro de este escenario de incertidumbre, el camino más lejano, pero también el más efectivo para transformar esta realidad, es el proceso electoral. Sin embargo, sin organización desde las bases populares y del movimiento trabajador, este presente corre el riesgo de prolongarse hasta convertirse en una nueva normalidad.














