El tratamiento de la reforma laboral impulsada por el gobierno libertario no es un debate técnico ni una discusión aislada: es un punto de inflexión político y social.
No es modernización: es regresión
El oficialismo intenta presentar la iniciativa como una actualización necesaria del mercado de trabajo. Sin embargo, el núcleo del proyecto avanza sobre derechos conquistados:
debilitamiento de las indemnizaciones
ampliación de la precarización contractual
retrocesos en la estabilidad laboral
pérdida de herramientas de defensa colectiva
El resultado es claro: menos protección para el trabajador y más poder para el empleador.
El rol del “diálogo”
Detrás del discurso institucional, se mueve otra lógica. Senadores autodenominados dialoguistas se muestran dispuestos a acompañar el proyecto, no por convicción ideológica sino por negociaciones políticas y económicas que exceden el contenido de la ley.
En ese entramado, Patricia Bullrich aparece como figura central, operando para garantizar los votos necesarios. No se trata de debate democrático, sino de rosca para que el ajuste tenga aval parlamentario.
Votos, presión y “millones de razones”
El apoyo a la reforma no se explica sólo por alineamientos partidarios. Hay presiones a gobernadores, promesas de recursos, favores cruzados y acuerdos que poco tienen que ver con mejorar el empleo.
Mientras tanto, los costos recaen sobre los mismos de siempre: los trabajadores.
Lo que se juega mañana.
No se vota sólo una ley.
Se define:
si el Congreso convalida una quita de derechos
si el “diálogo” es consenso o entrega
si la crisis se paga desde abajo o se discute un modelo con justicia social
La reforma laboral es el corazón del proyecto libertario.
Y su aprobación marcaría un antes y un después en el mundo del trabajo en la Argentina.














