por Gus Reimon.
Hace exactamente un mes que Cristina Fernández de Kirchner mantiene silencio público. No discursos, no actos, no mensajes directos. Un silencio que, lejos de ser neutro, pesa. Porque en la política argentina el silencio de Cristina nunca es vacío: es síntoma, es repliegue, es mensaje indirecto.
Su voz ya no tiene hoy la potencia que supo ordenar al conjunto del peronismo. San José 1111, durante años epicentro simbólico de resistencia y liturgia política, registra visitas mínimas. El flujo militante se redujo y con él, también, la capacidad de irradiar conducción cotidiana. No es un dato menor: cuando los lugares dejan de ser habitados, pierden centralidad.
Cristina eligió, además, mandar a cerrar el acuerdo con Axel Kicillof. No lo encabezó, no lo protagonizó, no lo capitalizó públicamente. Delegó. Y delegar, en su caso, no es un gesto inocente: es aceptar que el escenario ya no se ordena exclusivamente alrededor de su figura, sino que se gestiona desde otros nombres y otras urgencias.
Hay un límite jurídico que también opera como frontera política. Salvo una intervención de un tribunal internacional que revise y atienda sus argumentos, su nombre no podrá estar nunca más en una boleta. Esa certeza —que en otros momentos fue combatida con épica— hoy parece asumida como dato estructural. Cristina ya no disputa el poder institucional directo; disputa, en todo caso, el sentido histórico de su lugar.
El contraste con el contexto es brutal. El gobierno libertario atraviesa uno de sus momentos más frágiles: denuncias de corrupción, renuncias inexplicables, procedimientos judiciales sobre ex funcionarios, internas feroces y una manipulación simbólica de la historia nacional que incluyó incluso al sable corvo de San Martín. En otro tiempo, ese escenario hubiera encontrado a Cristina en primera línea, marcando agenda, ordenando discurso, polarizando.
Pero eligió el silencio.
No es retraimiento por debilidad personal, sino una decisión política que admite múltiples lecturas: preservar capital simbólico, evitar la sobreexposición, no legitimar un barro que considera ajeno o, simplemente, aceptar que su rol ya no es el de la confrontación diaria sino el de una figura que observa cómo otros administran una herencia pesada.
El problema es que el vacío no se llena solo. Y cuando quien se corre es la principal referencia de un espacio, el riesgo no es únicamente la dispersión: es la orfandad política. Hoy el peronismo —y más aún su electorado— no sabe si espera una palabra, una señal o si debe aprender a caminar sin ella.
El silencio de Cristina no es ausencia. Es una pausa cargada de significado. Pero en una Argentina en ebullición, donde el poder se descompone a la vista de todos, el silencio también puede ser leído como renuncia a intervenir en el momento más álgido de la disputa.
Y la política, cuando no se ocupa, no perdona los espacios vacíos.














