Por: Gus Reimon
Hay historias que no se pueden contar sin que se quiebre la voz. La de Pablo Antonio Míguez es una de ellas. Tenía solo 14 años cuando el horror golpeó la puerta de su casa. Primero se llevaron a su madre, y apenas cinco minutos después, volvieron por él.
Pablo fue trasladado a la ESMA. Allí, en la perversidad más absoluta, los represores lo utilizaban para que su madre, bajo tortura, hablara. Fue uno de los tantos “trasladados” en los vuelos de la muerte; arrojado vivo al Río de la Plata por un sistema que no tuvo piedad ni con la infancia.
Hoy, la obra de la artista Claudia Fontes lo mantiene allí, pero de una forma distinta. Una estatua de acero inoxidable, situada a unos metros de la orilla, que aparece y desaparece según la marea. Es una presencia constante que nos recuerda que el río no solo es agua; es un cementerio sin tumbas que nos exige Memoria, Verdad y Justicia.
A 50 años, el nombre de Pablo Míguez brilla sobre el agua para que nunca más el silencio sea cómplice.
Pablo Antonio Míguez: ¡Presente, ahora y siempre















